Carta de la fundadora

Me da mucho gusto estar aquí compartiendo mi historia con ustedes, porque es algo de que tengo mucho orgullo.

Como Polyana, personaje del libro de Eleanor H. Porter que ha ganado el mundo con lecciones de optimismo de una niña, es necesario jugar diariamente del “juego del contento”. Así, digo que agradezco todo lo que me pasó y los frutos que el cáncer me ha dejado. Porque, desde la enfermedad, sentí que era mi deber compartir la experiencia con todos que yo pueda.

Todo empezó en 1994, cuando, a los 18 años, viví acontecimientos que han cambiado y determinado la persona que soy hoy. Mis padres fueron vivir en África y yo, con mis hermanas, me vi, repentinamente, tratando de cuentas, rutinas en bancos, pagos y quehaceres domésticos.

Mi padre se enfermó cuando estaba allá y volvió a Brasil para una cirugía. Como era técnico de fútbol y estaba en la mitad de un campeonato, dos semanas después de la cirugía, él tuvo que volver a Mozambique. A nosotras, quedó la responsabilidad de recoger el resultado de la biopsia del material colectado en la cirugía, que, para nuestro desespero, acusaba cáncer en el riñón.

Durante toda su enfermedad, él tuvo la postura de negación: no contó a nadie que estaba enfermo, ocultó de la familia, de los amigos y se entregó, bajando de 100 para 60 kg en solamente ocho meses.

Nuestro infierno astral estaba solamente empezando. Cuando él todavía estaba muy debilitado por los tratamientos y nosotras sufríamos calladas con todo lo que ocurría, mi madre tuvo un accidente golpeando el auto en un árbol y estuvo entre la vida y la muerte en el centro de cuidados de un hospital público de Rio de Janeiro.

Fueron 52 días tenebrosos. Een las primeras dos semanas, ella pasó por tres cirugías abdominales; un caso que esperaba el óbito, dado como sin esperanza por los médicos. ¡Y nosotras tres seguíamos firmes, fuertes, creando las raíces que nos transformarían en las guerreras que somos hoy!

Feliz y milagrosamente, el Papá del Cielo salvó mi madre, ilesa y sin secuelas, pero nada pudo hacer por mi padre. Por tres años tuve una pelea con Él. ¿Cómo era tan injusto nos haciendo pasar por todo lo que nos pasó? ¿Cómo no dio fuerza a mi padre para luchar contra la enfermedad? ¿Cómo no nos dio recursos para hacerlo querer vivir?

Naturalmente fui rescatando mi fe y muchas de las respuestas la vida me daría más tarde. En 2007, yo vivía un año muy feliz, porque estaba embarazada de primer bebé. En una mañana de febrero, me duchando, hice un autoexamen y percibí un nódulo en la mama derecha, pero confieso que pensé que era común en la gestación. Llamé a mi médica y apunté una consulta para el día siguiente, solamente por precaución; ¡nunca escuché hablar de mujer embarazada con cáncer!

Infelizmente, yo estaba equivocada y mi biopsia fue positiva para cáncer de mama. Una vez más tendría que gestionar el caos que la vida me daba otra vez.

Recibí la noticia por mi marido que, sin acreditar y desesperado, intentaba hacerme creer que todo nos saldría bien. Si él no me apoyara y no me amara como me amó, todo sería más difícil. Fuimos para nuestra casa y la hamaca en el balcón calentó nuestra angustia hasta la consulta más difícil de nuestras vidas con el mastólogo.

Nuestra principal preocupación era oír del médico que tendríamos que hacer una opción entre la vida de nuestro bebé y mi tratamiento, porque la decisión ya estaba tomada y mi vida sería elegida. Pero recibimos la primera señal de que el Papá del Cielo, con quien yo peleaba por tanto tiempo, estaba a mi lado. El mastólogo, Dr. Paulo César Rocha, nos tranquilizó diciendo que ya era posible, aunque raro, realizar el tratamiento durante la gestación. Nosotros preferimos creer con toda nuestra fe en lo que él nos decía, pero, mis chances serían más grandes si me hicieran la cirugía pronto.

Muy pronto, todo lo que viví con mi padre volvió a mi mente y empecé a ver las respuestas y las lecciones dejadas por todo lo que sufrimos viviendo la enfermedad de él. No quería para mí el mismo fin que mi padre escribió para él y no admitiría que el cáncer me sacara las ganas de vivir, de dar a mi hijo el derecho de ser FELIZ. Fue cuando empecé mi batalla.

Cuando salí de la cita con el médico, llamé todos de mi familia que todavía estaban en Río, porque era la víspera del carnaval. Pedí que todos fueran a la casa de mi madre y, cuando todos estaban allá, les dije que estaba con cáncer. Fue un choque para todos. Para mi madre fue la ruina, pero otra vez, sentía una fuerza dentro de mi tan grande, clamando por vida, que afirmé a todos que venceríamos, pero que yo necesitaba todos a mi lado, creyendo conmigo.

Desde el día de la sospecha en el baño hasta el día de mi cirugía fueron exactos 16 días. Yo tenía 21 semanas de gestación cuando me sacaron la mama derecha. Fueron momentos de tensión, por el riesgo de mi vida y de la vida de mi bebé. En el quirófano, mi obstetra acompañaba y monitoreaba todos los movimientos de él. La cirugía fue todo un éxito, pero nuestra batalla, una vez más, solo había empezado.

Embarazada, empecé la quimioterapia con la serie roja, aquella tenebrosa, en que todos se sienten mal, vomitan, se marean y pierden pelo. Después, la serie blanca, totalizando 16 aplicaciones y yo, milagrosamente, NUNCA me sentí mal, solamente me cansaba. Con 34 semanas, nasció mi hijo, un bebé vencedor, lindo, con energía y saludable que también nunca ha desistido de vivir y que, por todo lo que hubo, recibió el nombre de Bento.

No puedes imaginar cuantas personas se sensibilizaron con mi enfermedad, cuantas personas que no me conocían e hicieron oraciones por mí y por mi hijo, cuantas personas usaron la fe, independiente de religión, para me enviar intenciones positivas de salud, cuantos regalos de personas que no conozco Bento recibió. Pero, el más importante e impresionante es cuantas personas fueron tocadas por mi historia y, de alguna manera, tuvieron su percepción de la vida cambiada para siempre.

Tengo mucho ORGULLO de ser el vehículo de una historia triste, de ganas, determinación, valor, FE, amistad, solidaridad, creencia, amor y ÉXITO, que ha tenido el poder de interferir en tantas vidas y que tuvo un final FELIZ. He tenido muchos ángeles en mi vida, que han estado a mi lado y que me han ayudado a querer vivir y a encontrar dentro de mí una fuerza ABUNDANTE, ¡que ha impresionado a todos! ¡Nunca he tenido dudas que dentro de mí encontraría mi curación!

Aceptar la enfermedad, hablar de ella con naturalidad, comprenderla, estudiarla y lograr darse cuenta de cómo tienes suerte por cambiar una mama o dos por la vida en lugar de sentirse mutilada, ¡son las mejores armas para combatir el cáncer!

La Fundação Laço Rosa surgió de la necesidad de agradecer por mi vida y ayudar a salvar otras vidas. Esta es nuestra misión. Que mi historia sea un ejemplo para otras vidas, que la compartas con otras personas siempre que consideres necesario y que logre, como yo, ver las oportunidades de la vida que Papá del Cielo nos da. Aunque ellas se manifiesten enmascaradas por tragedias, ¡no desanimes! ¡Creas siempre que existe una razón detrás de todo lo que nos ocurre!

“Aunque no pueda volver y hacer un nuevo comienzo, todos pueden empezar ahora y hacer un nuevo fin.”